La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Lo más horrible de mi situación era que el razonamiento no me daba la razón; en efecto, todo me decía que Marguerite me quería. Primero, ese proyecto de pasar un verano sólo conmigo en el campo, luego esa certidumbre de que nada la obligaba a ser mi amante, puesto que mi fortuna era insuficiente para sus necesidades a incluso para sus caprichos. En ella, pues, no había habido más esperanza que la de encontrar en mí un afecto sincero, capaz de hacerla descansar de los amores mercenarios en medio de los que vivía, y ya al segundo día destruía yo aquella esperanza y pagaba con una ironía impertinente el amor aceptado durante dos noches. Lo que estaba haciendo, pues, más que ridículo era poco delicado. ¿Había pagado siquiera a aquella mujer, para tener derecho a censurar su vida, y no parecía más bien retirándome al segundo día un parásito de amor que teme que le retiren la carta de su comida? ¡Cómo! Hacía treinta y seis horas que conocía a Marguerite, hacía veinticuatro que era su amante, y me hacía el susceptible; y en vez de alegrarme de que me reservase una parte para mí, quería tenerlo todo para mí solo y obligarla a romper de golpe las relaciones de su pasado, que eran los ingresos de su futuro. ¿Qué tenía que reprocharle? Nada. Me había escrito diciéndome que estaba indispuesta, cuando pudo haberme dicho crudamente, con esa odiosa franqueza de algunas mujeres, que tenía que recibir a un amante; y en vez de creer en su carta, en vez de irme a pasear por todas las canes de París excepto por la calle de Antin, en vez de pasar la noche con mis amigos y presentarme al día siguiente a la hora que me había indicado, yo hacía de Otelo, la espiaba, y creía castigarla no viéndola más. Por el contrario, debía de estar encantada de tal separación, debía de parecerle soberanamente bobo, y su silencio ni siquiera era rencor; era desdén.


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