La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Hubiera debido hacer entonces a Marguerite un regalo que no dejara duda alguna acerca de mi generosidad, y que me hubiera permitido, al tratarla como una entretenida, creerme en paz con ella; pero con la menor apariencia comercial habría creído ofender, si no el amor que ella sentía por mí, al menos el amor que yo sentía por ella, y, puesto que este amor era tan puro que no admitía división, no podía pagar con un presente, por hermoso que fuera, la felicidad que se le había concedido, por corta que hubiera sido.

Eso es lo que me estuve repitiendo toda la noche, y lo que a cada instante estaba dispuesto a ir a decir a Marguerite.

Cuando se hizo de día, aún no dormía y tenía fiebre; no podía dejar de pensar en Marguerite.

Como comprenderá usted, había que tomar una resolución definitiva, y terminar con aquella mujer o con mis escrúpulos, si es que aún consentía en recibirme.

Pero ya sabe usted que siempre aplazamos las resoluciones definitivas: así que, como no podía quedarme en mi casa ni me atrevía a presentarme en la de Marguerite, intenté un medio de acercarme a ella, un medio que mi amor propio pudiera atribuir al azar en caso de que diera resultado.

Eran las nueve; corrí a casa de Prudence, que me preguntó qué debía aquella visita matinal.


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