La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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No me atreví a decirle francamente lo que me llevaba allí. Le respondí que había salido temprano para reservar un billete en la diligencia de C…, donde vivía mi padre.

—Tiene usted mucha suerte —me dijo—: poder dejar París con este tiempo tan hermoso.

Miré a Prudence y me pregunté si no estaba burlándose de mí.

Pero su rostro estaba serio.

—¿Irá a decir adiós a Marguerite? —prosiguió con la misma seriedad.

—No.

—Hace usted bien.

—¿Cree usted?

—Naturalmente. Si ha roto con ella, ¿para qué volver a verla?

—¿Entonces sabe lo de nuestra ruptura?

—Me ha enseñado su carta.

—¿Y qué le ha dicho?

—Me ha dicho: «Querida Prudence, su protegido es un maleducado: estas cartas se piensan, pero no se escriben».

—¿Y en qué tono se lo ha dicho?

—Riéndose, y ha añadido: «Ha cenado dos veces en mi casa, ni siquiera me ha hecho una visita de estómago agradecido».


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