La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Ése era el efecto que mi carta y mis celos habÃan producido. Me vi cruelmente humillado en la vanidad de mi amor.
—¿Y qué hizo ayer por la noche?
—Estuvo en la Opera.
—Ya lo sé. ¿Y después?
—Cenó en su casa.
—¿Sola?
—Creo que con el conde de G…
Asà pues, mi ruptura no habÃa modificado nada las costumbres de Marguerite.
Es en estas circunstancias cuando la gente suele decirte: «tenÃa usted que pensar tanto en esa mujer que no lo querÃa».
—Vaya, me alegra saber que Marguerite no se aflige por mà —repuse con una sonrisa forzada.
—Y tiene mucha razón. Usted ha hecho lo que debÃa hacer, ha sido usted más razonable que ella, pues esa chica lo querÃa, no hacÃa más que hablar de usted, y habrÃa sido capaz de cualquier locura.
—¿Por qué no me ha contestado, si me quiere?