La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Porque ha comprendido que habÃa cometido un error al quererlo a usted. Además, las mujeres permiten a veces que se traicione su amor, pero nunca que hieran su amor propio, y siempre se hiere el amor propio de una mujer cuando, a los dos dÃas de ser su amante, uno la abandona, cualesquiera que sean las razones que alegue para esa ruptura. Conozco a Marguerite, y morirÃa antes de contestarle.
—Entonces ¿qué tengo que hacer?
—Nada. Ella lo olvidará a usted, usted la olvidará a ella, y no tendrán nada que reprocharse uno a otro.
—¿Y si le escribiera pidiéndole perdón?
—No se le ocurra, pues lo perdonarÃa.
Estuve a punto de saltar al cuello de Prudence.
Un cuarto de hora después ya estaba en mi casa escribiendo a Marguerite:
Alguien que se arrepiente de una carta que escribió ayer, que se irá mañana si usted no lo perdona, desearÃa saber a qué hora podrá ir a depositar su arrepentimiento a sus pies. ¿Cuándo podrá encontrarla sola? Ya sabe usted que las confesiones deben hacerse sin testigos.
Doblé aquella especie de madrigal en prosa y se lo envié con Joseph, que entregó la carta a Marguerite en persona, quien le respondió que contestarÃa más tarde.