La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Marguerite, fatigada por aquella larga confesión, se echó sobre el respaldo del canapé y se llevó el pañuelo a los labios y a los ojos, para apagar un débil acceso de tos.
—Perdón, perdón —murmuré—, ya había comprendido todo esto, pero quería oírtelo decir, mi Marguerite adorada. Olvidemos todo lo demás y no nos acordemos más que de una cosa: que estamos hechos el uno para el otro, que somos jóvenes y que nos queremos. Marguerite, haz conmigo lo que quieras, soy tu esclavo, tu perro; pero en nombre del cielo rompe la carta que te he escrito y no me dejes marcharme mañana: me moriría.
Marguerite sacó mi carta del corpiño de su vestido y, al entregármela, me dijo con una sonrisa de una inefable dulzura:
—Toma, te la traía.
Rompí la carta y besé con lágrimas la mano que me la devolvía. En aquel momento Prudence reapareció.
—Oiga, Prudence, ¿a que no sabe lo que me pide? —dijo Marguerite.
—Le pide perdón.
—Exacto.
—¿Y lo perdona usted?
—Qué remedio, pero es que quiere otra cosa.
—¿Qué?
—Quiere venir a cenar con nosotras.
—¿Y usted lo permite?