La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¿Usted qué cree?
—Creo que son ustedes dos niños y que no tienen juicio ni el uno ni el otro. Pero creo también que tengo mucha hambre y que cuanto antes se lo permita antes cenaremos.
—Vamos —dijo Marguerite—, cabremos los tres en mi coche. Mire —añadió dirigiéndose hacia m×, como Nanine ya estará acostada, abra usted la puerta, tenga mi llave y procure no volver a perderla.
Besé a Marguerite hasta ahogarla.
Joseph entró en ese momento.
—Señor —me dijo con el aire de un hombre encantado de sà mismo—, ya están hechas las maletas.
—¿Del todo?
—SÃ, señor.
—Bueno, pues deshágalas: ya no me voy.