La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Las noches que no pasaba en la calle de Antin, de haberlas pasado solo en mi casa, no habría dormido. Los celos me hubieran tenido despierto y me hubieran quemado el pensamiento y la sangre; el juego, en cambio, desviaba por un momento la fiebre que hubiera invadido mi corazón y lo llevaba a una pasión, cuyo interés me dominaba sin querer, hasta que sonaba la hora de volver junto a mi amante. Entonces, y en ello reconocía la violencia de mi amor, ganara o perdiese abandonaba implacablemente la mesa, compadeciendo a los que dejaba allí y que no iban a encontrar como yo la felicidad al abandonarla.

Para la mayoría el juego era una necesidad; para mí era un remedio.

Curado de Marguerite, estaba curado del juego.

De ese modo, en medio de todo aquello, conservaba bastante sangre fría; no perdía más que lo que podía pagar, y no ganaba más que lo que hubiera podido perder.

Por lo demás, la suerte me favoreció. No contraía deudas, y gastaba el triple de dinero que cuando no jugaba. No era fácil resistirse a una vida que me permitía sin ponerme en apuros satisfacer los mil caprichos de Marguerite. En cuanto a ella, seguía queriéndome lo mismo e incluso más.


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