La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Como ya le he dicho, empezó por recibirme sólo desde las doce de la noche a las seis de la mañana, luego me admitió de cuando; en cuando en su palco, después vino a cenar conmigo algunas veces. Una mañana no me fui hasta las ocho, y llegó un día en que no me fui hasta mediodía.
En espera de la metamorfosis moral, una metamorfosis física se había obrado en Marguerite. Yo había emprendido su curación, y la pobre chica, adivinando mi intención, me obedecía para demostrarme su agradecimiento. Sin brusquedades y sin esfuerzos, había conseguido aislarla casi de sus antiguas costumbres. Mi médico, que había ido a verla a instancias mías, me dijo que sólo el reposo y la tranquilidad podían preservar su salud, de suerte que, logré sustituir sus cenas y sus insomnios por un régimen higiénico y un sueño regular. Marguerite iba acostumbrándose sin querer a aquella nueva existencia, cuyos saludables efectos experimentaba. Empezaba ya a pasar algunas veladas en su casa, o bien, si hacía bueno, se envolvía en un chal de cachemira, se cubría con un velo, y nos íbamos a pie, como dos niños, a dar vueltas toda la tarde por las alamedas sombrías de los Campos Elíseos. Volvía cansada, cenaba ligeramente y se acostaba después de leer o tocar un poco, cosa que antes nunca le había sucedido. La tos, que cada vez que la, oía me desgarraba el pecho, había desaparecido casi por completo: