La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Al cabo de seis semanas ya no se hablaba del conde, definitivamente sacrificado; sólo el duque me obligaba todavía a ocultar mi] relación con Marguerite, y hasta él fue despedido con frecuencia mientras yo estaba allí, so pretexto de que la señora dormía y había prohibido que la despertaran.
De la necesidad a incluso de la costumbre que Marguerite había adquirido de verme resultó que abandoné el juego justo en el momento en que un jugador diestro lo hubiera dejado. En resumidas cuentas, a consecuencia de mis ganancias me vi dueño de unos diez mil francos, que me parecían un capital inagotable.
Llegó la época en que solía volver con mi padre y con mi hermana, pero no me decidía a irme; de suerte que con frecuencia recibía cartas del uno y de la otra, en las cuales me rogaban que volviera a su lado.
A todos sus ruegos respondía yo como mejor podía, repitiendo siempre que estaba bien y que no necesitaba dinero, dos cosas que creía que consolarían un poco a mi padre por el retraso de mi visita anual.
Así las cosas, sucedió que una mañana, habiéndose despertado Marguerite con un sol resplandeciente, saltó de la cama y me preguntó si quería llevarla a pasar todo el día en el campo.