La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Mandamos a buscar a Prudence y nos fuimos los tres, no sin que Marguerite hubiera recomendado antes a Nanine que dijera al duque que habÃa querido aprovechar aquel hermoso dÃa para irse al campo con la señora Duvernoy.
Aparte de que la presencia de la Duvernoy era necesaria para tranquilizar al viejo duque, Prudence era una de esas mujeres que parecen estar hechas expresamente para esas excursiones al campo. Con su alegrÃa inalterable y su eterno apetito, no dejarÃa que los que la acompañaban se aburrieran un momento, y se las entenderÃa perfectamente a la hora de encargar los huevos, las cerezas, la leche, el conejo salteado y, en fin, todo aquello de que se compone una comida tradicional en los alrededores de ParÃs.
Sólo nos faltaba saber adónde irÃamos.
Una vez más fue Prudence quien nos sacó de apuros.
—¿Quieren ir al campo de verdad? —preguntó.
—SÃ.
—Pues entonces vamos a Bougival, al Point-du-Jour, donde la viuda Arnould. Armand, vaya a alquilar una calesa.
Hora y media después estábamos donde la viuda Arnould.