La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Quizá conozca usted esa posada, hotel entre semana, merendero el domingo. Desde el jardín, que está a la altura de un primer piso ordinario, se descubre una vista magnífica. A la izquierda el acueducto de Marly cierra el horizonte, a la derecha la vista se extiende sobre un sinfín de colinas; el río, casi sin corriente en aquel lugar, se despliega como una ancha cinta de un blanco tornasolado, entre la llanura de los Gabillons y la isla de Croissy, eternamente mecida por el suave balanceo de los altos álamos y murmullo de los sauces.

Al fondo, en medio de un amplio rayo de sol, se elevan casitas blancas con tejados rojos y fábricas que, al perder con la distancia su carácter duro y comercial, completan admirablemente paisaje.

¡Al fondo, París en medio de la bruma!

Como nos había dicho Prudence, aquello era el campo de verdad y, debo decirlo, también fue una comida de verdad.

No digo todo esto por agradecimiento a la felicidad que le debí, pero Bougival, pese a su horrible nombre, es uno de los parajes más bonitos que se pueda imaginar. He viajado mucho y he vista cosas más grandes, pero no más encantadoras que ese pueblecito alegremente recostado al pie de la colina que te protege.

La señora Arnould nos propuso organizarnos un paseo en barca, que Marguerite y Prudence aceptaron con alegría.


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