La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Siempre se ha asociado el campo al amor, y no es para menos y no hay mejor marco para la mujer amada que el cielo azul, los olores, las flores, la brisa, la soledad resplandeciente de los campos y de los bosques. Por mucho que se quiera a una mujer, por mucha confianza que se tenga en ella, cualquiera que sea la certeza que sobre el futuro nos brinde su pasado, siempre está uno más o menos celoso. Si ha estado usted enamorado, seriamente enamorado, ya habrá experimentado esa necesidad de aislar del mundo al ser dentro del cual querrÃa usted vivir enteramente. Parece como si la mujer amada, por indiferente que sea a cuanto la rodea, perdiera algo de su perfume y de su unidad al contacto con los hombres y las cosas. Yo experimentaba aquello mucho más que cualquier otro. Mi amor no era un amor ordinario; estaba enamorado tanto como puede estarlo una criatura ordinaria, pero de Marguerite Gautier, es decir, que en ParÃs podÃa cruzarme a cada paso con un hombre que hubiera sido amante de aquella mujer o que fuera a serlo al dÃa siguiente. Mientras que en el campo, en medio de gentes que nunca habÃamos visto y que no se fijaban en nosotros, en el seno de una naturaleza vestida con todas sus galas de primavera —ese perdón anual— y apartada del ruido de la ciudad, podÃa recatar mi amor y amar sin vergüenza y sin temor.