La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Yo no podÃa responder. Lágrimas de agradecimiento y de amor inundaban mis ojos, y me precipité en los brazos de Marguerite.
—QuerÃa arreglarlo todo sin decirte nada —prosiguió—, pagar todas mis deudas y preparar mi nuevo piso. En octubre habrÃamos vuelto a ParÃs y te lo hubiera dicho todo; pero, puesto que Prudence te lo ha contado todo, es preciso que consientas antes en lugar de consentir después. ¿Me quieres lo bastante para hacerlo?
Era imposible resistirse a tanta abnegación. Besé las manos de Marguerite con efusión y le dije:
—Haré todo lo que quieras.
Quedó, pues, convenido lo que ella habÃa decidido.
Entonces se volvió llena de alegrÃa: bailaba, cantaba, se regocijaba de la sencillez de su nuevo piso y me consultaba ya acerca de su distribución y del barrio.
La veÃa feliz y orgullosa de aquella resolución, que parecÃa que iba a acercarnos definitivamente el uno al otro.
Asà que yo tampoco guise ser menos que ella.
En un instante decidà mi vida. Hice un balance de mi fortuna, y dejé en manos de Marguerite la renta que procedÃa de mi madre y que me pareció muy insuficiente para recompensar el sacrificio que aceptaba.
Me quedaban los cinco mil francos de pensión que me pasaba mi padre y, sucediera lo que sucediese, siempre tendrÃa bastante con esa pensión anual para vivir.