La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias No dije a Marguerite lo que había resuelto, convencido cómo estaba de que rechazaría aquella donación.
Dicha renta procedía de una hipoteca de sesenta mil francos sobre una casa que yo ni siquiera había visto. Todo lo que sabía es que cada trimestre el notario de mi padre, un viejo amigo de nuestra familia, me enviaba setecientos cincuenta francos contra un simple recibo.
El día en que Marguerite y yo nos vinimos a París para buscar piso, fui a ver al notario y le pregunté de qué modo debía proceder para hacer la transferencia de aquella renta a otra persona.
El buen hombre me creyó arruinado y me preguntó por la causa de aquella decisión. Y, como más pronto o más tarde tendría que decirle en favor de quién hacía aquella donación, preferí contarle enseguida la verdad.
No me hizo ninguna de las objeciones que su posición de notario y de amigo le autorizaba a hacerme, y me aseguró que se encargaría de arreglarla todo del mejor modo posible.
Naturalmente le recomendé la mayor discreción respecto a mi padre, y fui a reunirme con Marguerite, que me esperaba en casa de Julie Duprat, en donde había preferido bajarse antes de tener que escuchar los sermones de Prudence.