La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Me están dando ganas de esperar a que me llame. Creo que ya he hecho todo lo que tenÃa que hacer.
—No, amigo mÃo, no es bastante; tienes que volver a ver a tu padre, sobre todo mañana.
—¿Por qué mejor mañana que otro dÃa?
—Porque —dijo Marguerite, que pareció enrojecer un poco ante aquella pregunta—, porque la insistencia por tu parte le parecerá más viva, y con ello obtendremos antes el perdón.
Todo el resto del dÃa Marguerite estuvo preocupada, distraÃda, triste. Me veÃa obligado a repetirle dos veces lo que le decÃa para obtener una respuesta. Achacó aquella preocupación a los temores que le inspiraban para el futuro los acontecimientos acaecidos en los dos últimos dÃas.
Pasé la noche tranquilizándola, y al dÃa siguiente me hizo marchar con una insistente inquietud que yo no lograba explicarme.
Como el dÃa anterior, mi padre estaba ausente; pero, al salir, me habÃa dejado esta carta:
Si vuelve a verme hoy, espéreme hasta las cuatro; si a las cuatro no he regresado, vuelva mañana para cenar conmigo: tengo que hablar con usted.
Esperé hasta la hora indicada. Mi padre no apareció. Me marché.