La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias ¡Qué dulce es dejarse persuadir por la voz que amamos! Marguerite y yo pasamos todo el dÃa repitiéndonos nuestros proyectos, como si hubiéramos comprendido la necesidad de realizarlos más de prisa. A cada minuto esperábamos algún acontecimiento, pero por suerte el dÃa pasó sin traemos nada nuevo.
Al dÃa siguiente, a las diez, me marché y llegué al hotel a mediodÃa.
Mi padre habÃa salido ya.
Volvà a mi casa, esperando que quizá hubiera ido allÃ. No habÃa ido nadie. Fui a casa de mi notario. ¡Nadie!
Volvà al hotel y esperé hasta las seis. El señor Duval no volvió.
Tomé otra vez el camino de Bougival.
Encontré a Marguerite, no aguardándome como el dÃa anterior, sino sentada al lado del fuego que ya estaba pidiendo la estación.
Estaba lo suficientemente sumida en sus reflexiones para dejarme acercar a su sillón sin oÃrme y sin volverse. Cuando posé mis labios en su frente, se estremeció como si aquel beso la hubiera despertado sobresaltada.
—Me has dado un susto —dijo—. ¿Y tu padre?
—No lo he visto. No sé qué quiere decir esto. No lo he encontrado ni en su hotel ni en ninguno de los lugares donde habÃa posibilidad de que estuviera.
—Vamos, será cosa de empezar mañana otra vez.