La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¿Y qué sé yo? Todo lo que un padre es capaz de hacer para que su hijo lo obedezca. Te recordará mi vida pasada y quizá me haga el honor de inventar alguna nueva historia para que me abandones.
—Bien sabes que te quiero.
—SÃ, pero también sé que antes o después uno tiene que obedecer a su padre, y quizá acabarás por dejarte convencer.
—No, Marguerite, soy yo quien va a convencerlo a él. Han sido los chismorreos de algún amigo suyo los que lo han hecho enfadarse de ese modo; pero él es bueno, es justo, y se volverá atrás de su primera impresión. Además, al fin y al cabo, ¡qué me importa!
—No digas eso, Armand; preferirÃa cualquier cosa antes de permitir que crean que yo te indispongo con tu familia; deja pasar este dÃa y mañana vuelve a ParÃs. Tu padre habrá reflexionado por su lado como tú por el tuyo, y quizá os entendáis mejor. No vayas en contra de sus principios, simula hacer algunas concesiones a sus deseos; aparenta que no tienes tanto interés por mÃ, y dejará las cosas como están. Ten esperanza, amigo mÃo, y estate seguro de una cosa, y es que, suceda lo que suceda, tu Marguerite será siempre tuya.
—¿Me lo juras?
—¿Necesito jurártelo?