La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Por la noche parecía un poco más calmada; y, haciéndome sentar al pie de su cama, me reiteró largamente la certeza de su amor. Luego me sonrió, pero haciendo un esfuerzo, pues a pesar suyo las lágrimas velaban sus ojos.

Empleé todos los medios a mi alcance para hacerle confesar la verdadera causa de aquella pesadumbre, pero se obstinó en seguir dándome las vagas razones que ya le he dicho.

Acabó por dormirse entre mis brazos, pero con ese sueño que destroza el cuerpo en lugar de hacerlo descansar; de cuando en cuando lanzaba un grito, se despertaba sobresaltada y, tras cerciorarse de que seguía a su lado, me hacía jurarle que la querría siempre.

Yo no lograba entender esas intermitencias de dolor, que se prolongaron hasta la mañana. Entonces Marguerite cayó en una especie de sopor. Llevaba dos noches sin dormir.

Aquel descanso no duró mucho.

Hacia las once Marguerite se despertó y, al verme levantado, miró a su alrededor gritando:

—¿Ya te vas?

—No —dije, cogiéndole las manos—, pero he querido dejarte dormir. Todavía es temprano.

—¿A qué hora te vas a París?

—A las cuatro.


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