La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¿Tan pronto? Hasta entonces te quedarás conmigo, ¿verdad?
—Pues, claro, ¿no lo hago siempre as�
—¡Qué felicidad! ¿Desayunamos? —prosiguió con aire distraÃdo.
—Como quieras.
—¿Y luego me abrazarás bien fuerte hasta la hora de irte?
—SÃ, y volveré lo antes posible.
—¿Volverás? —dijo, mirándome con ojos extraviados.
—Naturalmente.
—Claro, volverás esta noche, y yo te esperaré como de costumbre, y me amarás, y seremos tan felices como lo somos desde que nos conocemos.
DecÃa todas estas palabras en un tono tan entrecortado parecÃan ocultar un pensamiento doloroso tan continuo, que temà a cada instante ver caer a Marguerite en el delirio.
—Escucha —le dije—, tú estás enferma, no puedo dejarte asÃ. Voy a escribir a mi padre que no me espere.