La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—¡No! ¡No! —gritó bruscamente—. No hagas eso. Tu padre volvería a acusarme de que te impido ir con él cuando quiere verte. No, no, ¡tienes que ir, tienes que ir! Además no estoy enferma, me siento de maravilla. Es que he tenido un mal sueño y no estaba bien despierta.

Desde aquel momento, Marguerite intentó mostrarse más alegre. Dejó de llorar.

Cuando llegó la hora de marcharme, la besé, y le pregunté si quería acompañarme a la estación de ferrocarril: esperaba que el paseo la distraería y que el aire la sentaría bien.

Quería sobre todo estar con ella el mayor tiempo posible.

Aceptó, cogió un abrigo y me acompañó con Nanine para no volver sola.

Veinte veces estuve a punto de no marcharme. Pero la esperanza de volver pronto y el terror de indisponerme de nuevo con mi padre me contuvieron, y el tren me llevó.

—Hasta la noche —dije a Marguerite al dejarla.

No me respondió.

Ya otra vez no me respondió a esa misma frase, y el conde de G…, como recordará usted, pasó la noche en su casa; pero aquellos tiempos estaban tan lejos, que parecían borrados de mi memoria y, si algo temía, no era desde luego que Marguerite me engañase.


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