La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Nada más llegar a ParÃs corrà a casa de Prudence a rogarle que fuera a ver a Marguerite, con la esperanza de que su verborrea y si alegrÃa la distrajeran.
Entré sin anunciarme, y encontré a Prudence en el tocador.
—¡Ah! —me dijo con aire inquieto—. ¿Ha venido Marguerite con usted?
—No.
—¿Qué tal está?
—No está bien del todo.
—¿No vendrá entonces?
—¿Es que tenÃa que venir?
La señora Duvernoy enrojeció y me respondió con cierto embarazo:
—QuerÃa decir que, como ha venido usted a ParÃs, si no va a venir ella a reunirse con usted.
—No.
Miré a Prudence; bajó los ojos, y en su fisonomÃa creà leer el terror de ver prolongarse mi visita.
—También venÃa a rogarle, querida Prudence, que, si no tiene nada que hacer, vaya a ver a Marguerite esta tarde; le harÃa usted compañÃa y podrÃa dormir allÃ. Hoy estaba como nunca la habÃa visto, y temo que caiga enferma.
—Voy a cenar en la ciudad —me respondió Prudence— y no podré ver a Marguerite esta tarde; pero la veré mañana.