La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Me despedà de la señora Duvernoy, que parecÃa estar casi tan preocupada como Marguerite, y fui a ver a mi padre, cuya primera mirada me estudió con atención.
Me tendió la mano.
—Sus dos visitas me han complacido mucho, Armand —me dijo—. Ellas me han hecho esperar que haya usted reflexionado por su parte, como yo he reflexionado por la mÃa.
—Padre, ¿puedo permitirme preguntarle cuál ha sido el resultado de sus reflexiones?
—Pues ha sido, amigo mÃo, que he exagerado la importancia de los informes que me dieron, y que me he prometido ser menos severo contigo.
—¡Qué me dice, padre! —grité con alegrÃa.
Digo, querido hijo, que es conveniente que todo joven tenga una amante y que, después de haberme informado mejor, prefiero saberte amante de la señorita Gautier antes que de otra.
—¡Padre admirable! ¡Qué feliz me hace usted!
Charlamos asà unos instantes y luego nos pusimos a la mesa.; Mi padre estuvo encantador todo el tiempo que duró la cena.
Yo tenÃa prisa por regresar a Bougival para contar a Marguen aquel dichoso cambio. A cada instante miraba el reloj de pared.