La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Miras la hora —me dijo mi padre—, estás impaciente por dejarme. ¡Oh, los jóvenes! ¿Siempre sacrificaréis los afectos sinceros a los dudosos?
—¡No diga eso, padre! Marguerite me quiere, estoy seguro.
Mi padre no respondió; no tenÃa aspecto de dudar ni de creer.
Insistió mucho para que me quedara a pasar toda la noche con él y para que no me fuera hasta el dÃa siguiente; pero le dije que habÃa dejado —a Marguerite enferma y le pedà permiso para volver con ella pronto, prometiéndole que regresarÃa al dÃa siguiente.
HacÃa bueno; quiso acompañarme hasta el muelle. Nunca me habÃa sentido tan feliz. El futuro se me aparecÃa tal como deseaba verlo desde hacÃa mucho tiempo.
QuerÃa a mi padre como no lo habÃa querido nunca.
En el momento en que iba a partir insistió por última vez para que me quedase; me negué.
—Asà que la quieres, ¿eh? —me preguntó.
—Como un loco.
—¡Bueno, pues vete! y se pasó la mano por la frente como si quisiera ahuyentar un pensamiento; luego abrió la boca como para decirme algo, pero se contentó con estrecharme la mano y me dejó bruscamente gritando:
—¡Hasta mañana, pues!