La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Confieso que, si hubiera querido causar sensación, lo había conseguido plenamente, pues tras aquella puja se hizo un gran silencio, y me miraron para saber quién era el hombre que parecía tan resuelto a poseer aquel volumen.
Parece que el acento con que pronuncié mi última palabra convenció a mi antagonista: así que prefirió abandonar una lucha que no hubiera servido más que para hacerme pagar diez veces el precio del volumen e, inclinándose, me dijo con mucha amabilidad, aunque un poco tarde:
—Me rindo, caballero.
Como nadie dijo nada, el libro me fue adjudicado.
Temiendo una nueva cabezonería, que mi amor propio tal vez habría apoyado, pero que mi bolsillo habría llevado ciertamente muy a mal, di mi nombre, mandé apartar el volumen y bajé. Debí de dar mucho que pensar a aquella gente, que, testigo de la escena, sin duda se preguntaría con qué objeto había ido a pagar cien francos por un libro que podía conseguir en cualquier sitio por diez o quince francos como mucho.
Una hora después ya había mandado a buscar mi compra.
En la primera página, a pluma y con una letra elegante, estaba escrita la dedicatoria del donante del libro. Dicha dedicatoria ponía sólo estas palabras: