La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias ¡Cuánta razón llevaban los antiguos, que tenÃan un solo y mismo Dios para los mercaderes y para los ladrones!
Vestidos, cachemiras, joyas se vendÃan con una rapidez increÃble. Nada de todo aquello me convenÃa, y seguà esperando.
De pronto oà gritar:
—Un volumen, perfectamente encuadernado, con cantos dorados, titulado Manors Leccaut. Hay algo escrito en la primera página. Diez francos.
—Doce —dijo una voz tras un silencio bastante largo.
—Quince —dije yo.
¿Por qué? No podrÃa decirlo. Sin duda por aquel algo escrito.
—Quince —repitió el tasador.
—Treinta —dijo el primer postor en un torso que parecÃa desafiar a que se siguiera pujando.
Aquello se estaba convirtiendo en una lucha.
—¡Treinta y cinco! —grité entonces en el mismo tono.
—Cuarenta.
—Cincuenta.
—Sesenta.
—Cien.