La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Digamos solamente que todo el mundo estaba de una alegría loca, y que muchas de las que se encontraban allí habían conocido a la muerta, pero no parecían acordarse de ello.

Reían a carcajadas; los tasadores gritaban hasta desgañitarse; los comerciantes, que habían invadido los bancos colocados ante las mesas de subastar, en vano intentaban imponer silencio para hacer sus negocios con tranquilidad. Nunca hubo reunión tan variada y ruidosa como aquélla.

Me deslicé humildemente en medio de aquel tumulto, que me resultaba entristecedor al pensar que tenía lugar al lado de la habitación donde había expirado la pobre criatura cuyos muebles se subastaban para pagar las deudas. Yo, que había ido para observar más que para comprar, miraba la cara de los proveedores que organizaban la subasta, y veía cómo sus facciones se ponían radiantes cada vez que un objeto alcanzaba un precio que no habían esperado.

Gente honrada, que había especulado con la prostitución de aquella mujer, que había ganado un cien por cien con ella, que había perseguido con papeles timbrados los últimos momentos de su vida, y que tras su muerte venía a recoger los frutos de sus honorables cálculos a la vez que los intereses de su vergonzoso crédito.


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