La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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La duquesa de F… se codeaba con la señorita A…, una de las más tristes muestras de nuestras cortesanas modernas; la marquesa de T… vacilaba en comprar un mueble por el que pujaba la señora D…, la adúltera más elegante y conocida de nuestra época; el duque de Y…, que en Madrid pasa por arruinarse en París, en París por arruinarse en Madrid, y que en resumidas cuentas no gasta ni su renta, mientras charlaba con la señora M…, una de nuestras cuentistas más ocurrentes, que de cuando en cuando se digna escribir lo que dice y firmar lo que escribe, intercambiaba miradas confidenciales con la señora N…, esa bella paseante de los Campos Elíseos, casi siempre vestida de rosa o de azul, y que va en un coche tirado por dos grandes caballos negros que Tony le vendió por diez mil francos y… que ella pagó; en fin, la señorita R…, que sólo con su talento saca el doble de lo que las mujeres de mundo sacan con su dote y el triple de lo que las otras sacan con sus amores, había ido a pesar del frío a hacer algunas compras, y no era ella ciertamente a la que menos miraban.

Podríamos seguir citando las iniciales de un buen número de personas reunidas en aquel salón, y no poco sorprendidas de encontrarse juntas; pero tememos cansar al lector.



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