La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Por desgracia, la mala pasión me dominaba, y sólo estaba buscando un medio de torturar a aquella pobre criatura.
¡Oh, y qué pequeño y qué vil es el hombre cuando le hieren en alguna de sus mezquinas pasiones!
Aquella Olympe con quien yo la había visto era, si no amiga de, Marguerite, por lo menos la que más frecuentemente salía con ella desde que volvió a París. Iba a dar un baile y, suponiendo que Marguerite asistiría, busqué el modo de hacerme con una invitación y la conseguí.
Cuando, lleno de mis dolorosas emociones, llegué al baile, estaba ya muy animado. Bailaban, gritaban incluso, y, en una de las contradanzas, descubrí a Marguerite bailando con el conde de N…, el cual parecía muy orgulloso de exhibirla y parecía decir a todo el mundo:
—¡Esta mujer es mía!
Fui a apoyarme en la chimenea, justo frente a Marguerite, y miraba cómo bailaba. Apenas me descubrió, se turbó. La vi y la saludé distraídamente con la mano y con los ojos.
Cuando pensaba que después del baile no se iría conmigo, sino con aquel rico imbécil; cuando me imaginaba lo que verosímilmente seguiría a su regreso a casa de ella, la sangre se me subía al rostro y experimentaba la necesidad de turbar sus amores.