La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Yo he hecho todo lo que he podido para que ella lo dejase, ¡qué caramba!, y creo que más tarde no me guardará usted rencor por ello.
—Le estoy doblemente agradecido—, añadÃ, levantándome pues empezaba a asquearme de esa mujer, al ver cómo se tomaba en serio todo lo que le decÃa.
—¿Se va usted?
—SÃ.
Ya sabÃa bastante.
—¿Cuándo volveremos a verlo?
—Pronto. Adiós.
—Adiós.
Prudence me condujo hasta la puerta, y volvà a mi casa con lágrimas de rabia en los ojos y un deseo de venganza en el corazón.
Asà que, decididamente, Marguerite era una chica más; asà que aquel amor profundo que sentÃa por mà no habÃa podido luchar contra el deseo de reemprender su vida pasada y contra la necesidad de tener un coche y organizar orgÃas.
Eso es lo que me decÃa yo en medio de mis insomnios, mientras que, si hubiera reflexionado tan frÃamente como aparentaba habrÃa visto en aquella nueva existencia ruidosa de Marguerite la esperanza que tenÃa de poder acallar un pensamiento continuo, un recuerdo incesante.