La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —No ha querido volver a Bougival después de que se marchó usted. He sido yo quien ha ido a buscar todas sus cosas a incluso las de usted, con las que he hecho un paquete que puede usted mandar a recoger aquÃ. Está todo, excepto una carterita con sus iniciales. Marguerite quiso conservarla y la time en su casa. Si le interesa, se la pediré.
—Que se quede con ella —balbucÃ, pues sentÃa que las lágrimas se me agolpaban del corazón a los ojos al recuerdo de aquel pueblecito donde yo habÃa sido tan feliz, y a la idea de que Marguerite tenÃa interés en quedarse con una coca mÃa que la harÃa recordarme.
Si hubiera entrado en aquel momento, mis resoluciones de venganza habÃan desaparecido y habrÃa caÃdo a sus pies.
—Por lo demás —prosiguió Prudence—, nunca la he visto como ahora: casi no duerme, recorre los bailes, cena, hasta se achispa. Últimamente, después de una cena, ha estado ocho dÃas en la cama; y, en cuanto el médico la ha permitido levantarse, ha vuelto a empezar aun a riesgo de morir. ¿Va a ir a verla?
—¿Para qué? He venido a verla a usted, porque usted ha estado siempre encantadora conmigo y la conocÃa antes de conocer a Marguerite. A usted le debo haber sido su amante, como le debo a usted no serlo ya, ¿no es asÃ?