La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—Estará muy contenta de saber que se ha resignado usted ante la necesidad en que ella se encontraba. Ya era hora de que lo dejara a usted, querido. Ese granuja del negociante a quien le propuso vender su mobiliario fue a ver a sus acreedores para preguntarles cuánto les debía ella; éstos tuvieron miedo, y ya iban a subastarlo todo dentro de dos días.

—¿Y ahora está pagado?

—Más o menos.

—¿Y quién ha provisto de fondos?

—El conde de N… ¡Ah, querido! Hay para esto hombres hechos que ni de encargo. En una palabra, ha dado veinte mil francos; pero ha conseguido sus fines. Sabe perfectamente que Marguerite no está enamorada de él, lo que no le impide ser muy amable con ella. Ya ha visto usted: ha recuperado sus caballos, le ha desempeñado las joyas y le da tanto dinero como le daba el duque; si ella quiere vivir tranquilamente, ese hombre seguirá con ella mucho tiempo.

—¿Y qué hace ella? ¿Vive todo el tiempo en París?


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