La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Quién sabe lo que puede pasar.
—¿Y Marguerite?
—Decide que ya no pienso en ella en absoluto serÃa mentir; pero soy de esos hombres para quienes cuenta mucho la forma de romper. Y Marguerite me ha despedido de una forma tan ligera, , que me parece que he sido un grande majadero por haber estado tan enamorado como lo estuve, pues la verdad es que he estado muy enamorado de esa chica.
ImagÃnese en qué tono intenté decir aquellas cosas: el agua me corrÃa por la frente.
—Mire, ella lo querÃa de verdad y aún lo sigue queriendo: la prueba es que, después de haberse encontrado hoy con usted, ha venido a contármelo enseguida. Al llegar, estaba temblando de arriba abajo, casi hasta encontrarse mal.
—Bueno, ¿y qué le ha dicho?
—Me ha dicho: «Sin duda vendrá a verla», y me ha rogado que implore su perdón.
—Está perdonada, puede decÃrselo. Es una buena chica, pero es una chica… cualquiera; y lo que me ha hecho debÃa esperármelo. Hasta le agradezco su resolución, pues hoy me pregunto adónde nos hubiera llevado mi idea de vivir siempre con ella. Era una locura.