La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —En absoluto. Estaba aquà Marguerite. Cuando ha oÃdo anunciarlo a usted, ha huido: era ella la que acaba de salir.
—¿Es que ahora le doy miedo?
—No, pero teme que le resulte a usted desagradable volver a verla.
—¿Y por qué? —dije, haciendo un esfuerzo por respirar libremente, pues la emoción me ahogaba—. La pobre chica me ha dejado para recobrar su coche, sus muebles y sus diamantes: ha hecho bien, y no tengo por qué guardarle rencor. Me he encontrado hoy con ella —continué con negligencia.
—¿Dónde? —dijo Prudence, que no dejaba de mirarme y parecÃa preguntarse si aquel hombre era realmente el que ella habÃa conocido tan enamorado.
En los Campos ElÃseos. Estaba con otra mujer muy bonita. ¿Quién es esa mujer?
—¿Cómo es?
—Rubia, delgada, con tirabuzones; ojos azules y muy elegante.
—¡Ah, es Olympe! Una chica muy bonita, efectivamente.
—¿Con quién vive?
—Con nadie, con todo el mundo.
—¿Y dónde vive?
—En la calle Tronchet, n°… Ah, pero ¿quiere usted hacerle la corte?