La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Si hubiera encontrado a Marguerite desgraciada; si, para vengarme de ella, hubiera podido ir en su ayuda, quizá la habría perdonado, y desde luego no habría pensado en hacerle daño; pero la encontré feliz, al menos en apariencia; otro le había devuelto el lujo que yo no pude mantenerle; nuestra ruptura, que había partido de ella, adquiría por consiguiente el carácter del más bajo interés; me sentía humillado en mi amor propio lo mismo que en mi amor, y necesariamente tenía que pagar lo que yo había sufrido.
No podía quedarme indiferente ante lo que hacía aquella mujer; por consiguiente lo que más daño le haría sería mi indiferencia; había, pues, que fingir tal sentimiento no sólo a sus ojos, sino a los ojos de los demás.
Intenté poner cara sonriente y me dirigí a casa de Prudence.
La doncella fue a anunciarme y me hizo esperar unos instantes en el salón.
Al fin apareció la señora Duvernoy y me introdujo en su gabinete; en el momento en que me sentaba oí abrir la puerta del salón, y un paso ligero hizo crujir el parquet; luego alguien cerró violentamente la puerta del rellano.
—¿La molesto? —pregunté a Prudence.