La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias No dormí hasta no haber llegado a París.
Una vez allí, ¿qué iba a hacer? No lo sabía. Pero ante todo tenía que ocuparme de Marguerite.
Fui a mi casa a cambiarme y, como hacía bueno y aún era buena hora, me dirigí a los Campos Elíseos.
Al cabo de media hora vi venir de lejos, desde la glorieta a la plaza de la Concorde, el coche de Marguerite.
Había recuperado sus caballos, pues el coche era el mismo de antes; sólo que ella no iba dentro.
Apenas había notado su ausencia, cuando, al volver los ojos a mi alrededor, vi a Marguerite que bajaba a pie, acompañada de una mujer que no había visto hasta entonces.
Al pasar a mi lado palideció, y una sonrisa nerviosa crispó sus labios. Por lo que a mí respecta, un violento latido de corazón conmovió mi pecho; pero conseguí dar una expresión fría a mi rostro y saludé fríamente a mi ex amante, que llegó casi al instante a su coche, al que subió con su amiga.
Yo conocía a Marguerite. Mi encuentro inesperado debió de trastornarla. Sin duda se había enterado de mi marcha, que la había tranquilizado sobre las consecuencias de nuestra ruptura; pero, al verme volver, al encontrarse cara a cara conmigo, pálido como estaba, comprendió que mi vuelta tenía un objetivo, y debió de preguntarse lo que iba a suceder.