La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias A veces, sorprendido en medio de mi tristeza por la mirada inquieta de mi padre, le tendÃa la mano y estrechaba la suya como pidiéndole tácitamente perdón por el daño que sin querer le hacÃa.
Asà pasó un mes, pero fue todo lo que pude soportar.
El recuerdo de Marguerite me perseguÃa sin cesar. HabÃa amado y amaba demasiado a aquella mujer para que pudiera hacérseme indiferente de improviso. Era preciso que la amara o que la odiase. Sobre todo era preciso que, cualquiera que fuese el sentimiento que experimentara por ella, volviera a verla, y enseguida.
Ese deseo penetró en mi ánimo y se asentó con toda la violencia de la voluntad que al fin reaparece en un cuerpo inerte desde hace mucho tiempo.
Me hacÃa falta Marguerite, pero no en el futuro, dentro de un mes, dentro de ocho dÃas; me hacÃa falta al dÃa siguiente de aquel en que se me habÃa ocurrido la idea; y fui a decirle a mi padre que tenÃa que dejarlo, pues unos asuntos reclamaban mi presencia en ParÃs, pero que volverÃa enseguida.
Sin duda adivinó el motivo que me empujaba a marcharme, pues insistió para que me quedase; pero, viendo que el incumplimiento de aquel deseo, en el estado irritable en que me hallaba, podrÃa tener fatales consecuencias para mÃ, me abrazó y me rogó, casi con lágrimas, que volviera pronto a su lado.