La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Desde aquel día hice sufrir a Marguerite una persecución constante. Olympe y ella dejaron de verse, y ya comprenderá usted fácilmente por qué. Regalé a mi nueva amante un coche y joyas; jugaba; en fin, hice todas las locuras propias de un hombre enamorado de una mujer como Olympe. El rumor de mi nueva pasión se extendió inmediatamente.
Hasta Prudence se dejó engañar y acabó por creer que había olvidado completamente a Marguerite. Esta, bien porque hubiese adivinado el motivo que me impulsaba a obrar, bien porque se equivocara como los demás, respondió con gran dignidad a las heridas que le causaba todos los días. Sólo que ella parecía sufrir; pues, en todas las panes donde me la encontraba, siempre la veía cada vez más pálida, cada vez más triste. Mi amor por ella, exaltado hasta tal punto que se creía convertido en odio, se regocijaba a la vista de aquel dolor cotidiano. Muchas veces, en circunstancias en que fui de una crueldad infame, Marguerite elevó hacia mí miradas tan suplicantes, que enrojecí por el papel que estaba haciendo, y estuve a punto de pedirle perdón.