La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¿Prefiere amarme por nada? Soy yo quien no aceptaría entonces. Reflexioné, querida Olympe; si yo le hubiera enviado una persona cualquiera a ofrecerle estos trescientos luises de mi parte con las condiciones que pongo, usted habría aceptado. He preferido tratarlo directamente con usted. Acepte sin buscar las causas que me impulsan a actuar; dígase que es usted guapa y que no hay nada de sorprendente en que yo esté enamorado de usted.
Marguerite era una entretenida como Olympe, y sin embargo nunca me hubiera atrevido a decirle, la primera vez que la vi, lo que acababa de decirle a aquella mujer. Es que yo amaba a Marguerite, es que había adivinado en ella unos instintos que a esta otra criatura le faltaban, y en el mismo momento en que proponía aquel trato, pese a su extremada belleza, aquella con quien iba a cerrarlo me daba asco.
Por supuesto acabó por aceptar, y a mediodía salí de su casa convertido en su amante: pero abandoné su lecho sin llevarme el recuerdo de las caricias y de las palabras de amor que ella se creyó obligada a prodigarme a cambio de los seis mil francos que le dejaba.
Y sin embargo había quien se había arruinado por aquella mujer.