La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —No, ahora.
—¿Qué tiene que decirme?
—Ya lo verá.
Y volvà a entrar en el piso.
—Ha perdido usted —le dije.
—SÃ.
—¿Todo lo que tenÃa en casa?
Vaciló.
—Sea franca.
—Bueno, pues es verdad.
—Yo he ganado trescientos luises: ahà los tiene, si me permite quedarme aquÃ.
Y al mismo tiempo arrojé el oro encima de la mesa.
—¿Y por qué esta proposición?
—¡Porque me gusta usted, pardiez!
—No; lo que pasa es que está usted enamorado de Marguerite y quiere vengarse de ella convirtiéndose en mi amante. A una mujer como yo no se la puede engañar, amigo mÃo. Por desgracia, soy aún demasiado joven y hermosa para aceptar el papel que me propone.
—Asà que ¿se niega usted?
—SÃ.