La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Al volver, Olympe me contó lo que había pasado, me dijo que Marguerite, al verla sola, quiso vengarse de que fuera mi amante, y que yo tenía que escribirle diciéndole que respetase a la mujer que amaba, tanto si estaba yo presente como si no.
No necesito decirle que accedí y que le puse en aquella epístola, que envié a su dirección el mismo día, todo lo más amargo, vergonzoso y cruel que pude encontrar.
Esta vez el golpe había sido demasiado fuerte para que la desgraciada pudiera soportarlo sin decir nada.
No dudaba de que me llegaría una respuesta; así que decidí no salir de casa en todo el día.
Hacia las dos llamaron, y vi entrar a Prudence.
Intenté adoptar un aire indiferente para preguntarle a qué debía su visita; pero aquel día la señora Duvernoy no estaba risueña y, en un tono seriamente conmovido, me dijo que desde mi regreso, es decir, desde hacía unas tres semanas, no había dejado escapar una ocasión de hacer sufrir a Marguerite; que estaba enferma, y que la escena del día anterior y mi carta de por la mañana la habían postrado en el lecho.
En una palabra, sin hacerme reproches, Marguerite enviaba a pedirme gracia, diciéndome que ya no le quedaba fuerza física ni moral para soportar lo que le hacía.