La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —La señorita Gautier —dije a Prudence— está en su derecho al despedirme de su casa; pero que insulte a la mujer que amo, so pretexto de que esa mujer es mi amante, no lo permitiré jamás.
—Amigo mÃo —me dijo Prudence—, está usted sufriendo la influencia de una chica sin corazón ni entendimiento; es verdad que está usted enamorado de ella, pero ésa no es una razón para andar torturando a una mujer que no puede defenderse.
—Que la señorita Gautier me envÃe a su conde de N… y quedará igualada la partida.
—Bien sabe usted que no lo hará. Asà que, querido Armand, déjela tranquila; si la viera usted, le darÃa vergüenza su forma de comportarse con ella. Está pálida, tose, y ya no llegará muy lejos.
Y Prudence me tendió la mano, añadiendo:
—Vaya a verla, su visita la hará muy feliz.
—No tengo ganas de encontrarme con el señor de N…
—El señor de N… no está nunca en su casa. Ella no puede soportarlo.
—El a Marguerite le interesa verme, sabe dónde vivo; que venga. Lo que es yo, no pondré los pies en la calle de Antin.
—¿La recibirá usted bien?
—Perfectamente.
—Bueno, pues estoy segura de que vendrá.