La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—Que venga.

—¿Va a salir hoy?

—Estaré en casa toda la noche.

—Voy a decírselo.

Prudence se marchó.

Ni siquiera escribí a Olympe que no iría a verla. No me molestaba por aquella chica. Apenas si pasaba con ella una noche por semana. Creo que se consolaba con un actor de no sé qué teatro del bulevar.

Salí a cenar y regresé casi inmediatamente. Mandé encender fuego en todas partes y dije a Joseph que se fuera.

No podría darle cuenta de las diversas impresiones que me agitaron durante una hora de espera: pero, cuando hacia las nueve oí llamar, se resumieron en una emoción cal, que al ir a abrir la puerta me vi obligado a apoyarme contra la pared para no caer.

Por suerte la antesala estaba en semipenumbra, y era menos visible la alteración de mis facciones.

Entró Marguerite.

Iba toda vestida de negro y con velo. Apenas si reconocí su rostro bajo el encaje.

Pasó al salón y se levantó el velo.

Estaba pálida como el mármol.

—Aquí estoy, Armand —dijo—. Deseaba usted verme y he venido.


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