La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Y, dejando caer la cabeza entre las manos, se deshizo en lágrimas.
Me acerqué a ella.
—¿Qué le pasa? —le dije con voz alterada.
Me estrechó la mano sin responderme, pues las lágrimas velaban aún su voz. Pero unos instantes después, habiendo recobrado un poco de calma, me dijo:
—Me ha hecho usted mucho daño, Armand, y yo no le he hecho nada.
—¿Nada? —repliqué con una amarga sonrisa.
—Nada que las circunstancias no me hayan obligado a hacerle.
No sé si en toda su vida habrá experimentado o experimentará usted alguna vez lo que sentÃa yo en presencia de Marguerite.
La última vez que vino a mi casa se sentó en el mismo sitio en que acababa de sentarse; sólo que después de aquella época ella habÃa sido la amante de otro; otros besos distintos de los mÃos habÃan tocado sus labios, hacia los que sin querer tendÃan los mÃos, y sin embargo sentÃa que querÃa a aquella mujer tanto o quizá más que nunca la habÃa querido.
No obstante, me resultaba difÃcil entablar conversación sobre el asunto que la traÃa. Marguerite lo comprendió sin duda, pues prosiguió: