La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Vengo a molestarlo, Armand, porque tengo que pedirle dos cosas: perdón por lo que dije ayer a la señorita Olympe, y gracia para lo que quizá está dispuesto a hacerme todavÃa. Voluntariamente o no, desde su regreso me ha hecho usted tanto daño, que ahora serÃa incapaz de soportar la cuarta parte de las emociones que he soportado hasta esta mañana. Tendrá usted piedad de mÃ, ¿verdad?, y comprenderá que para un hombre de corazón hay cosas más nobles que hacer que vengarse de una mujer enferma y triste como yo. Mire, coja mi mano. Tengo fiebre, me he levantado de la cama para venir a pedirle no su amistad, sino su indiferencia.
En efecto, cogà la mano de Marguerite. Estaba ardiendo, y la pobre mujer se estremecÃa bajo su abrigo de terciopelo.
Arrastré al lado del fuego el sillón en que estaba sentada.
—¿Cree que yo no sufrà —repuse— la noche en que, después de haberla esperado en el campo, vine a buscarla a ParÃs, donde no encontré más que aquella carta que estuvo a punto de volverme loco? ¡Cómo pudo engañarme, Marguerite, a mà que tanto la querÃa!
—No hablemos de eso, Armand; no he venido a hablar de ello. He querido verlo no como enemigo, eso es todo, y he querido estrecharle la mano una vez más. Tiene usted una amante joven, bonita, y según dicen la ama: sea feliz con ella y olvÃdeme.