La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¿Y usted? Sin duda es usted feliz.
—¿Tengo cara de mujer feliz, Armand? No se burle de mi dolor, usted que sabe mejor que nadie cuál es su causa y su alcance.
—Sólo de usted dependÃa no ser nunca desgraciada, si es que lo es como dice.
—No, amigo mÃo, no; las circunstancias han sido más fuertes que mi voluntad. No he obedecido a mis instintos de chica de la calle, como usted parece decir, sino a una necesidad seria y a razones que usted sabrá algún dÃa y que entonces harán que me perdone.
—¿Por qué no me dice hoy qué razones son ésas?
—Porque no restablecerÃan un acercamiento, imposible entre nosotros, y quizá lo alejarÃan a usted de personas de quienes no debe alejarse.
—¿Quiénes son esas personas?
—No puedo decÃrselo.
—Entonces es que miente.
Marguerite sé levantó y, se dirigió hacia la puerta.
Yo no podÃa asistir a aquel mudo y expresivo dolor sin conmoverme, al comparar interiormente a aquella mujer pálida y llorosa con la chica alocada que se habÃa burlado de mà en la Opera Cómica.
—No se irá —dije, poniéndome delante de la puerta.
—¿Por qué?