La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Porque, a pesar de lo que me has hecho, te sigo queriendo y quiero que te quedes aquÃ.
—Para echarme mañana, ¿no es eso? ¡No, es imposible! Nuestros dos destinos se han separado: no intentemos unirlos de nuevo. Quizá me despreciarÃa usted, mientras que ahora sólo puede odiarme.
—No, Marguerite —grité, sintiendo despertarse todo mi amor y mis deseos al contacto con aquella mujer—. No, lo olvidaré todo y seremos tan felices como nos habÃamos prometido serlo.
Marguerite sacudió la cabeza en señal de duda y dijo:
—¿No soy su esclava? Haga conmigo lo que quiera; tómeme, soy suya.
Y, quitándose el abrigo y el sombrero, los arrojó sobre el canapé y empezó a desabrocharse bruscamente el corpiño de su vestido, pues, por una de eras reacciones tan frecuentes en su enfermedad, la sangre se le agolpaba del corazón a la cabeza y la ahogaba.
Siguió una tos seca y ronca.
—Mande a decir a mi cochero —prosiguió— que se lleve el coche.
Bajé yo mismo a despedir a aquel hombre.
Cuando volvÃ, Marguerite estaba tendida ante el fuego y sus dientes castañeteaban de frÃo.