La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias La tomé entre mis brazos, la desnudé sin que hiciera un movimiento y la llevé completamente helada a mi cama.
Entonces me senté a su lado a intenté hacerla entrar en calor con mis caricias. No me decía una palabra, pero me sonreía.
¡Oh, fue aquélla una noche extraña! Toda la vida de Marguerite parecía haberse concentrado en los besos de que me cubría, y yo la amaba tanto, que, en medio de los transportes de su amor febril, me preguntaba si no iba a matarla para que no perteneciera nunca a otro.
Un mes de un amor como aquél, y, de cuerpo como de corazón, quedaría reducido uno a un cadáver.
El día nos sorprendió a los dos despiertos.
Marguerite estaba lívida. No decía una palabra. Gruesas lágrimas corrían de cuando en cuando de sus ojos y se detenían en su mejilla, brillando como diamantes. Sus brazos agotados se abrían de cuando en cuando para abrazarme, y volvían a caer sin fuerza sobre el lecho.
Por un momento creí que podría olvidar lo que había pasado desde que me marché de Bougival, y dije a Marguerite:
—¿Quieres que nos vayamos, que dejemos París?