La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—No, no —me dijo casi con espanto—, seríamos muy desgraciados; yo ya no puedo valer para hacerte feliz, pero mientras me quede un soplo de vida seré la esclava de tus caprichos. A cualquier hora del día o de la noche que me desees, ven y seré tuya; pero no asocies más tu futuro con el mío: serías muy desgraciado y me harías muy desgraciada. Aún seré por algún tiempo una chica bonita: aprovéchate, pero no me pidas más.

Cuando se marchó, me quedé espantado al ver la soledad en que me dejaba. Dos horas después de su marcha aún estaba sentado en la cama que ella acababa de abandonar, mirando el almohadón que conservaba los pliegues de su forma y preguntándome qué sería de mí entre mi amor y mis celos.

A las cinco, sin saber lo que iba a hacer allí, me dirigí a la calle de Antin.

Me abrió Nanine.

La señora no puede recibirlo —me dijo, confusa.

—¿Por qué?

—Porque el señor conde de N… está aquí y ha dicho que no deje entrar a nadie.

—Es natural —balbucí—, lo había olvidado.


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