La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Volví a mi casa como un borracho, y ¿sabe lo que hice durante el minuto de delirio celoso que bastó para la acción vergonzosa que iba a cometer? ¿Sabe lo que hice? Me dije que aquella mujer estaba burlándose de mí, me la imaginaba en su tete-à-tête inviolable con el conde, repitiendo las mismas palabras que me había dicho por la noche, y, cogiendo un billete de quinientos francos, se lo envié con estas palabras.

Se ha ido usted tan de prisa esta mañana, que olvidé pagarle.

Ahí tiene el precio de su noche.

Luego, cuando hube enviado la carta, salí como para sustraerme a los remordimientos instantáneos de aquella infamia.

Fui a casa de Olympe, a quien encontré probándose vestidos, y que, en cuanto estuvimos solos, me cantó obscenidades para distraerme.

Era ella el tipo perfecto de cortesana sin vergüenza, sin corazón y sin entendimiento, al menos para mí, pues quizá algún hombre había soñado con ella como yo con Marguerite.

Me pidió dinero, se lo di y, libre entonces de irme, volví a mi casa.

Marguerite no me había contestado.

Es inútil que le diga en qué estado de agitación pasé el día siguiente.


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